martes, 23 de octubre de 2018

EL SALVADOR RECURRENTE de Augusto Monterroso


En la Selva se sabe, o debería saberse, que ha habido infinitos Cristos, antes y después de Cristo. Cada vez que uno muere nace inmediatamente otro que predica siempre lo mismo que su antecesor y es recibido de acuerdo con las ideas imperantes en el momento de su llegada, y jamás comprendido. Adopta diferentes nombres y puede pertenecer a cualquier raza, país, e incluso religión, porque no tiene religión. En todas las épocas son rechazados; en ocasiones, las más gloriosas, por la violencia, ya sea en forma de cruz, de hoguera, de horca o de bala. Consideran esto una bienaventuranza, porque abrevia el término de su misión y parten seguros del valor de su sacrificio. Por el contrario, los entristecen los tiempos de “comprensión”, en los que no les sucede nada y transcurren ignorados. Prefieren el repudio decidido a la aceptación pasiva, y el patíbulo o el fusilamiento al psiquiatra o el púlpito. Lo que más temen es morir demasiado viejos, ya sin predicar ni esforzarse en enseñar nada a quienes ni lo desean ni lo merecen; abrumados porque saben que como ellos en su oportunidad, alguien, en alguna parte, espera ansioso el instante de su muerte para salir al mundo y comenzar de nuevo.



miércoles, 1 de agosto de 2018

PERCEPCIONES E IMÁGENES DE BOGOTÁ EXPRESIONES LITERARIAS URBANAS – edición española



Texto contraportada:

Bogotá dentro del mapa literario ofrece rutas cautivantes, la representación de ese escenario ha sido tarea de variados autores. Conocer la ciudad por medio de su pintura literaria, caminarla, recrearla y sentirla. La ciudad ficcional florece de la real y por momentos ambas se cruzan y mimetizan. Cuatro escritores imprescindibles en este proceso de narrar la capital colombiana, sus novelas y relatos nos sirven para descubrirla, indagar por su vida urbana, su historia reciente, sus transformaciones y cambios. Consuelo Triviño abre el camino de la década del sesenta con su novela de culto Prohibido salir a la calle. Antonio Caballero con Sin remedio nos adelanta una década. Mario Mendoza y sus narraciones nos acercan a los ochentas y noventas. Y Alonso Sánchez Baute nos advierte de la nueva ciudad del entre siglo con Al diablo la maldita primavera. En orden cronológico y con las herramientas de un amplio análisis interdisciplinario, el lector conocerá realidades de una inquietante urbe latinoamericana por medio del estudio de un tipo de ficción que prioriza la Bogotá física: la de los mapas, la de las calles y avenidas emblemáticas, la de los barrios y plazas identificables. Como colofón, cuatro generosas entrevistas a los autores que de viva voz cuentan de su proceso creativo y de su experiencia con Bogotá.

«Estudio sobre la representación y expresión del espacio urbano de Bogotá en la literatura contemporánea colombiana. Las novelas que se analizan muestran el cambio producido en la ciudad de Bogotá en las últimas décadas y cómo ha sufrido el proceso de modernización del país. Para ello, Álvaro Antonio Bernal no solamente profundiza en las relaciones del espacio con las obras para mostrarlo en lo escrito, sino que además se apoya en las voces de sus autores, a través de entrevistas, con el fin de recuperar también así lo imaginado o lo recordado». Portal Hispanista del Instituto Cervantes

1ª edición (ampliada) en España, Editorial La Mirada Malva, 2018

Colección Mirada Ensayo ISBN: 978-84-948523-1-2

(edición Magisterio Editorial, Bogotá, Colombia, 2010)
AMAZON.COM
AMAZON.ES

martes, 5 de diciembre de 2017

LITERATURAS A TRAVÉS DE LAS "CULTURAS" DE LAS AMÉRICAS (2017)



Literaturas a través de las “culturas” de las Américas reúne una variedad de acercamientos críticos a diversos temas de literatura, entre los que se encuentran algunos relacionados con el cine. Algunas de estas aproximaciones analizan la influencia mutua entre la narrativa y las artes visuales. A través de los textos aquí reunidos entramos a conocer formas del arte que están marcando una época en América Latina, por la inserción de temas controvertidos como los temas “queer” y también novedosas aproximaciones al fútbol y su nivel simbólico en la narrativa latinoamericana contemporánea. Las diversas aproximaciones desde la teoría y la crítica permiten una interpretación enmarcada en la época contemporánea, en la cual los asuntos globales y la tecnología marcan el arte en general.
Encontramos una variedad de escritores que observan al mundo desde diferentes puntos de vista, y cuya selección nos permite una mirada tanto amplia como concreta a los temas de hoy en la literatura latinoamericana.
 
La editora, Gina Ponce de León, tiene una amplia trayectoria como crítica literaria, es doctorada en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Colorado, en Boulder, y es “Full Professor” en Fresno Pacific University, California, en donde es también directora del programa de español.
 
(Tomado de la contraportada del libro)

Artículos
Álvaro Antonio Bernal
Martín Camps
Tania Carrasquillo Hernández
Michele C. Dávila Gonçalves
K. Angelique Dwyer
Ilka Kressner
Carlos Mario Mejía Suárez
Gina Ponce de León
Enrique Salas Durazo
Adam Schrag
Raymond L. Williams
Nelly Zamora-Breckenridge
Participación especial del escritor colombiano Jorge Franco



miércoles, 29 de noviembre de 2017

CHARLA CON EL POETA Y SACERDOTE FRAY RODOLFO DE JESÚS CHÁVEZ MERCADO

 
* ¿Quién es Rodolfo de Jesús Chávez Mercado?
Me considero una persona muy tranquila que se deja siempre sorprender por la vida y que, aún en los momentos más difíciles, siempre intenta vislumbrar lo positivo que lo lleve a seguir creyendo. Religioso y sacerdote de la Orden del Carmelo, actualmente en Cartagena de Indias, Colombia, mi ciudad natal.

* ¿Cómo y cuándo te inicias en el arte de la poesía?
Lo que me llevó a la poesía fue la intención de querer siempre servir. Desde pequeño siempre me inquietó el querer hacer algo por los demás en momentos de sufrimiento y de injusticias. Era muy chico para comprender la vida, pero aun así, me movía tal sentimiento. Exactamente no me acuerdo cuando empecé a escribir, podría tener 13 años, cuándo yo mismo era el protagonista de un período difícil en mi vida, pero después abandoné. Retomé en el 2008 a los 27 años, en España durante mi noviciado en la Orden religiosa. No hace más de dos años me hacía la misma pregunta y traté de plasmar la respuesta en versos, pero lo único que hice fue balbucear diciendo que: “La poesía se hace viva cuando nuestro puño escribe enamorado por la entera humanidad. Cada quien asume su acento, su melodía, pero siempre, logrando que su canto enamoré con la verdad”.

* Háblanos sobre los temas de tus poemarios.
Sólo podría decir que los poemas de mis dos libros versan sobre la esperanza. Como es lógico, cada libro asume procesos diferentes y eso obedece al hecho de que entre más recorres y experimentas la vida, más vas aprendiendo de tu mundo. Pero siempre la esperanza  y la confianza en Dios es la que vence. El primer libro que se titula Ardiendo en Esperanza, poemas que enamoran la Tarde, parafraseando a San Juan de la Cruz, un santo Carmelita, se compone en su mayoría, de poemas que nacen de una sanación interior, de haber superado muchos puntos críticos en mi vida. El segundo se titula Osadía, ya que siempre he estado convencido que si le ponemos corazón grande a todas las cosas, a pesar de nuestras debilidades, siempre lograremos salir adelante y “sentir que el universo corre por nuestras venas”.

* ¿Qué concepción tienes de la poesía?
He tenido la fortuna de conocer y compartir recitales con muchos poetas jóvenes. He escuchado a cada quién escribir y “recitar” con pasión, otros no tanto, pero siempre todos se ganan el aplauso y el respeto de sus lectores. Cada uno escribe desde su sentir y sus condiciones de vida; desde lo experimentado en su propia historia. Me he convencido entonces, de que la poesía es prodigio que nace de la palabra, es medicina para el alma y agua al sediento. Nunca vería la poesía como una forma de escapar de este mundo, como algo que te abstrae de tu propia realidad, antes bien, como aquella herramienta poderosa que a partir de lo vivido te permite dejar huellas escritas, hechas con tu propio puño, al bien personal, en primera instancia y después a toda la sociedad.

* ¿Crees que de alguna manera el arte contribuye a cambiar el mundo?
Es así. Y entre más nos convenzamos, lograremos transformar más vidas.

* ¿Cómo es tu día a día a la hora de escribir?
Bueno, mi día a día actualmente transcurre entre jóvenes, niños y docentes en el colegio donde trabajo. Creo que es un buen escenario para percibir formas, sentimientos y valores que a su vez, permitirán que nazca un buen poema nutrido de mucha carga emocional. Suelo escribir en espacios libres, a veces 5 minutos de descanso, etc., o escribir alguna imagen en mi celular, o libreta cuando la tengo a la mano. Ya después me siento el fin de semana a escribir con más calma si no tengo obligaciones.

* ¿Qué poetas y narradores son tus referentes?
He leído muchos poemas de Alda Merini, y su acento marcado, entre otras cosas por el amor a la vida, la fuerza de superación derribando muros y su dulzura a la hora de componer cada verso, han calado mucho en mi forma de escribir. Conocí en persona a un amigo, que a pesar de la distancia y comunicación admiro mucho, Omar Garzón Pinto, un poeta colombiano diría yo con una fuerza arrasadora en su escritura, y que también, ha logrado que me identifique con su estilo a la hora de escribir mis poemas. No puedo dejar afuera Gabi como la llamamos de cariño, Gabriela Arciniegas y su Sol menguante (1995), la sencillez y simpatía con la que personalmente asumí sus poemas, me han llevado a querer trabajar en un tercer libro que marca la pauta sobre lo sencillos recuerdos de mi infancia.

* ¿En dónde se pueden conseguir tus libros?
Conmigo mismo, no he publicado, al menos por ahora, con  la intención de tenerlos en librerías. Pero no me cierro a la posibilidad y al esfuerzo. Tal vez más adelante.

* ¿Algún consejo para los jóvenes que se inician en este arte?
Nunca dejar de escribir y siempre guardar con amor y tacto todo lo que se escribe. Personalmente, nunca me he dicho que algo de lo que he escrito está malo. Un buen principio, como alguien muy cercano a la literatura me comentó, es que te guste a ti. Más adelante cuando exista la posibilidad se retoma el poema y  si es el caso, se recrea.

* Si algún lector se quiere comunicar contigo, ¿qué debe hacer?
Puede dejar un mensaje en mi blog personal que en poco tiempo lo actualizaré:

http://elsentirdeunalma.blogspot.com/


martes, 3 de octubre de 2017

GOTTARDI VESTIDO DE AZUL



En la década del ochenta Independiente Santa Fe tuvo dos jugadores que se robaron el cariño de la hinchada cardenal gracias a su trabajo en el campo de juego y a su amor por la divisa bogotana: Hugo Ernesto Gottardi y Carlos Fernando Navarro Montoya. 

Era aquella una época de triunfos morales y logros mínimos. Solo hasta 1987 y 1988 se alcanzaron a acariciar un par de estrellas que no se pudieron cristalizar únicamente por el tenebroso poder de la mafia representada en la figura de Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano,  quien puso de ganador en esas dos temporadas, con dinero y revolver en mano, al equipo de sus amores.
Pasado mucho tiempo después Gottardi volvió como invitado especial a Bogotá para un clásico que todos ruidosamente celebramos (de ese reencuentro existe una entrada en este blog). Esa vez Santa Fe derrotó con suficiencia a Millonarios 4-2.
Gottardi para esa hinchada bogotana de aquel entonces, que en la actualidad pasa de los cuarenta y tantos años de edad, fue un referente inolvidable de un tiempo pasado sufrido pero también mágico. Es esa la hinchada que hoy lo ve con un dejo de tristeza y decepción cuando lo observa sentado, serio, distante y vestido de azul en el banco norte del estadio El Campin de Bogotá.
La otra hinchada, la reciente, la de los muchachos jóvenes, la que canta, anima y salta a todo momento, la de las banderas gigantes y las bengalas no lo conocen, no sabe quién era, no supieron de sus gestas pues ni siquiera hay archivos de televisión para ver sus goles. A esta hinchada le da igual que ahora esté al comando del equipo rival. Quizá algunos habrán oído hablar de él por sus padres pero les sonará muy lejano. En verdad, los progenitores de estos muchachos seguramente no se habían conocido siquiera cuando Gottardi inflaba ya las redes de los estadios colombianos.
No hay que culpar a nadie, simplemente los tiempos pasan. La vida es un común olvido y una comparsa de intereses particulares. Igual sucedería si en treinta años Omar Pérez, ídolo de ídolos del presente, aceptara trabajar en Millonarios. Esa futura hinchada (los hijos de estos muchachos) solamente lo conocerían por los recuerdos de sus padres. Claro que esta vez sí habría archivos para reconfirmar sus logros, pero nuevamente yo apostaría que les importaría poco.
Pues bien, esta vez para Gottardi no hubo lienzo gigante en las tribunas, ni para reprocharle su "traición" ni para saludarlo. Para la hinchada cardenal del presente, Gottardi no existe. Reitero, la muchachada frenética no lo conoce.
Alguien dirá que Gottardi es un profesional y que necesita comer como usted y como yo, que hace rato jugó en Santa Fe y que andaba desempleado. Otros diremos que los verdaderos ídolos del futbol (trabajo que no es comparable con otra profesión porque despierta pasiones y emociones de todo tipo) deben estar hechos de otro material y no pueden ceder ante las tentaciones del dinero que proviene del supuesto "enemigo".  Y ojo que no dramatizo nada. Es que cambiar de equipo en este caso tan particular no es tan simple como dejar la empresa en la que se ha laborado toda la vida para irse a la competencia. Los que entienden el futbol como un sentimiento me entenderán.

Por ahora Gottardi seguirá sentado en el banco norte de El Campin, con cara de aburrido, quizá simulando celebrar algún gol del equipo que ahora lo contrató y le paga. Gottardi es ahora simplemente el asistente técnico de Miguel Ángel Russo, director técnico de Millonarios y su presencia en Bogotá entusiasma a muy pocos. Cómo cambia la vida, los viejos hinchas cardenales lo miramos ahora con una mezcla de melancolía y desencanto. Por su parte, la hinchada joven lo ignora y lo desestima. Su esmalte brillante de ídolo y héroe de El León bogotano parece descascararse y en su reemplazo surge una pintura muy tenue que le da ahora la imagen de un ser anónimo y desconocido.

Si a Gottardi me lo encontrara en una esquina bogotana lo abrazaría con inmenso cariño y le diría que fue el súper héroe de mi niñez, pero tal vez después del saludo y de la inmensa alegría de tenerlo cara a cara, lo miraría a los ojos y le preguntaría: ¿por qué?

 

 

domingo, 3 de septiembre de 2017

DETECTIVE SANTRÉ – EL CASO CHANG



La novela negra colombiana tiene ahora un detective peculiar que vive en un barrio tradicional bogotano. Un intelectual bohemio que reparte su tiempo enseñando clases de literatura en universidades y resolviendo misterios en una ciudad tan convulsionada como Bogotá. Los diferentes casos que enfrenta este profesor universitario, que por los azares y albures de la vida termina volviéndose detective privado, ocurren dentro de una mole de cemento tan agresiva e incierta como Bogotá. Santré, el detective en cuestión, intenta entonces solucionar enigmas urbanos relacionados particularmente con asesinatos y desapariciones. Y en ese camino también narra su vida, sus tristezas, debilidades y gustos.


En cuanto al estilo narrativo que usa Julián Nalber se puede decir que es simple, espontáneo y ante todo amateur, este último adjetivo enunciado por el mismo autor: “en la novela hay varias imperfecciones, este es un tiro al aire que se seguirá disparando hasta que dé o se acerque al blanco pues continuaré paulatinamente con nuevas aventuras del personaje”.

Si hablamos de influencias, es obvio que se reconocen en su narrativa rastros de los autores sobresalientes del género  negro. En especial el policial duro español, argentino y chileno. Todos adaptados, de cierta manera, al escenario colombiano. La novela en concreto sigue un modelo de episodios cortos y sencillos de fácil lectura, todos ellos cumplen con el simple objetivo de entretener. En realidad, no parece haber mayores pretensiones estéticas o vanguardistas. Lo que queda como eco después de leer esta corta novela es el deseo del autor de crear una saga.

Los lectores que se enfrenten a esta primera historia de aventuras, muy probablemente se engancharán desde el principio y quizá algunos quedarán interesados con miras a una potencial segunda novela del mismo detective.En cuanto a las expectativas de la novela para su autor parecen haber muy pocas pues como él mismo lo comenta irónicamente lo que espera es que: “algunos lectores la lean, se diviertan y que, en un futuro, tal vez en 30 o 50 años un alumno vago pero inteligente de un colegio distrital de Bogotá escriba un ensayo acerca de esta u otra aventura del protagonista”.

A la pregunta de dónde se puede conseguir la novela Detective Santré – EL caso Chang, Nalber responde: “La distribución de un libro es muy difícil. Si no estás firmado por una editorial poderosa, si no tienes padrino o madrina en el medio o en los medios de comunicación; si no cuentas con recursos para hacerle publicidad a tu trabajo o un agente literario que te lleve un itinerario comercial (negocios), lo más seguro es que estés condenado al anonimato. Sin embargo, en el presente hay nuevas formas de promoción y los autores independientes pueden hacer un poquito de bulla que en el pasado no se podía. Ya hablando de la novela, ésta se puede adquirir en Bogotá, en la librería Casa Tomada (se vendía también en la recientemente desaparecida librería La Madriguera del Conejo), y en Amazon.com (USA). El precio es el equivalente al costo de 4 cervezas frías del presente (2017) en un bar de estrato 3 de Bogotá.

A los interesados en contactar al autor, su cuenta en Facebook es: Julian (sin acento) Nalber y su correo electrónico oficial: nalberjulian@gmail.com

Aquí el primer capítulo:

Nunca antes pensé que iba a terminar dedicándome a este trabajo. Aunque me llamaba la atención lo veía como un oficio en el que se necesitaba una personalidad más aventurera y audaz. En todo caso, paulatinamente me organicé en esto y como dicen por ahí, hay que arar con los bueyes que se tiene. En verdad, mi vida, después de la desaparición de mis padres, estuvo directamente centrada en mi propia individualidad, alejado y únicamente enfocado en la profesión de entonces. Fui profesor por horas en varias universidades de la ciudad. Enseñé literatura en muchas facultades que, con el correr del tiempo, se fueron cerrando por las demandas de la vida contemporánea. El presente exige adiestrar futuros capitalistas enamorados de lo material, del consumismo brutal y del arribismo. No hay espacio para algo diferente. En épocas de profesor aprendí quizá más de lo que pude haber enseñado. Conocí de cerca todas las dinámicas de ese mundo académico con sus vanidades y mentiras. De esos tiempos me quedan algunos amigos y conocidos que me encuentro por toda la ciudad. Unos me reconocen, otros me ven y ponen cara de no acordarse. Entre mis clases y mis eternas caminatas de profesor gaviota aprendí a coexistir con Bogotá. No fue fácil, la ciudad cambia cada semana, cada mes. La que conocimos ayer ya no existirá mañana.


Después de renunciar a mi labor académica me dediqué a formalizar mi nueva profesión. De la vieja casona, compartida con colegas en el barrio Teusaquillo, pasé a un apartamento muy pequeño en la zona comercial de Chapinero, abajo de la avenida Caracas. Un apartamento acomodado a las malas que contaba con lo necesario y que sigue siendo un lugar bueno para pensar y dormir, pero que a veces es ajeno a ese sueño que alguna vez tuve de vivir en un barrio cercano a la avenida Circunvalar. Mi amistad con Lorenzo Perdomo fue clave para vincularme a este nuevo mundo. De niños asistimos los dos al mismo colegio de curas que quedaba en la calle 60 con 16 y que ahora lo aburguesaron más, cambiándole de nombre y mudándolo al norte de la ciudad. En esos patios del colegio fuimos felices en los campeonatos de microfútbol y en las fiestas de fin de año. En la adolescencia fuimos los mejores amigos y tuvimos mil aventuras que iban desde las más inocentes hasta aquellas que guardaron algún peligro y que, por ahora, no quisiera compartir. El hecho es que de él aprendí el oficio y de su experiencia me agarré por un par de años para ganar o tener ese olfato en procura de descubrir la verdad. Perdomo era sagaz y osado, tenía la mentalidad de un buen ajedrecista, rápido cuando necesitaba serlo, calculador y reflexivo cuando el instante lo requería. Contaba con un olfato agudo que le ayudaba a anticipar lo que se le venía. Aunque por mucho tiempo estuvimos distanciados, creo que jamás perdimos el contacto. Perdomo se ausentó por muchos años y realizó sus estudios superiores en Quito. Yo por mi parte estudié en una universidad pública que ahora recibe a una clase media disminuida, parte de una masa damnificada del sistema que a codazos vence su destino y alcanza a colarse en busca de algún conocimiento extra en procura de una vida menos trágica. Mi gran escuela para este trabajo se la debo a Perdomo, no tengo reparo en decirlo. Sus contactos también los heredé y de ahí que muchos de ellos me traten como si fuera él. No quiero pensar en recuerdos ni en historias pasadas, ya habrá tiempo para eso. Por ahora solamente deseo expresar esa gratitud que no quiero que se pierda en el diario sobrevivir. Suele pasar que cuando alguien se va, al principio lo lloramos y después solamente quedan imágenes y palabras dispersas. Con el paso del tiempo la evocación cada vez es menor hasta llegar al común olvido. No quiero que eso suceda con Perdomo. A él lo recuerdo cada vez que salgo adelante en un caso o cuando logro llegar a una meta que parecía muy lejana. Suelo recordarlo cuando en esta labor, al menos por unos momentos, me siento satisfecho con el trabajo ejecutado. Claro, esto no siempre pasa.




martes, 15 de agosto de 2017

BOGOTÁ SIGLO XXI



La volvieron brutalmente irracional, abrumadora y de un tráfico paquidérmico. La de los andenes destrozados, los triciclos eléctricos que van por las aceras y no respetan caminante. La de los espectáculos circenses en los semáforos: un hombre come fuego, otros artísticamente se convierten en estatuas y solo se mueven con una moneda. La de los vendedores de empanadas, envueltos de mazorca, flores, aguacates, mango verde con sal, mazamorra y minutos de celular. La del voceador vestido de payaso que hace malabares y a la vez promociona un restaurante de “almuerzo ejecutivo”. La de los venezolanos y millones de inmigrantes o desplazados colombianos. Todos tienen derecho a rebuscársela como sea… para eso está Bogotá. La de los ricos que hacen frontera en sus barrios, colegios y universidades. La de las cuadras oscuras e intimidantes, la de las putas y travestis. La que huele a humo de camión viejo, la del raponero, el cosquilleo, el atraco y el paseo millonario. Ah, la Bogotá de los aguaceros en todos los meses. La de las estaciones de TransMilenio destartaladas, abarrotadas e insufribles (no olvidar la frase de un sabio bogotano: “el Transmilenio hace lo mismo que un metro”). La incluyente y la excluyente. La ciudad de Colombia a la que van todos a trabajar y a estudiar porque es la única del país que les/nos ofrece lo que en otras partes del país no existe. Ella sigue y seguirá siendo la caótica y agonizante pero aquella que tiene absolutamente todo.
A Bogotá la jodieron y la siguen jodiendo, pero ella es tan noble que aguanta y sigue siendo, a pesar de lo aporreada y vetusta, la única.
Palabras al aire y en línea del creador de este blog

lunes, 31 de julio de 2017

ENTREVISTA: LA NARRATIVA DE JOSÉ ANTONIO COVO MEISEL


Conocimos a José Covo Meisel en un taller de escritura creativa a mediados del año 2014. Sabíamos desde la primera clase de su talento y su futuro promisorio como narrador. Hoy José nos sorprende con dos novelas que están dejando huella dentro de las voces jóvenes de la literatura colombiana. Aquí una reciente entrevista con el autor.

LGD: ¿Cómo surgió el deseo de escribir narrativa?
JC: Yo empecé, como lo atestigua mi blog (misterbader.blogspot.com), escribiendo unos textos cuyo estilo y género son difíciles de describir o nombrar. Yo diría que son una especie de documento en algún punto medio entre el flujo de consciencia y una poética autorreferencial por momentos más estructurada, por momentos menos. Entre esos textos tempranos se cuelan un par de relatos que delatan efectivamente mis intereses posteriores. Esto para decir que el impulso para escribir narrativa era uno entre varios, y que los demás impulsos perviven en la forma de escribir que abordo actualmente.

LGD: Describe un día como escritor en tu vida.
JC: Típicamente me despierto a las ocho o nueve de la mañana. Desayuno, tomo café, me baño, y reviso correos y Facebook. Luego, si estoy escribiendo algo en ese momento, escribo durante una o dos horas. Almuerzo, leo, camino enérgicamente, escucho música o voy a cine. Con esta rutina escribí mis (hasta ahora) dos novelas.

LGD: ¿Cuál es tu rutina de escritura?
JC: Tengo un estado afectivo determinado que es el apropiado para escribir. Lo describiría como un estadio previo a la hipomanía. Es decir, debo estar emocionado acerca de lo que escribo. Eso conlleva el hecho de que no puedo escribir algo en lo que no crea como escritor y persona. A veces, si no encuentro dicho estado afectivo con facilidad, logro producirlo viendo un video en youtube sobre filosofía o algo que me interese y me emocione. A veces la música lo produce.

LGD: ¿Qué crees que es lo diferente o innovador de tus novelas?
JC: Creo que hay varias cosas. Por un lado, tengo una comprensión particular de las posibilidades del lenguaje y su función como significante. Cada frase se desliza sobre sí misma, es decir, implica su propia insuficiencia y la convierte en una suficiencia. Por otro lado, hago una mezcla entre narrativa y poesía que resulta productiva, tal vez por razones similares. Por último, tengo como ambición enunciar un estado de cosas particular, una situación generacional y existencial que se sufre y se disfruta al mismo tiempo.

LGD: Después del éxito de Osamentas relampagueantes, háblanos de tu segunda novela.
JC: Diré, para ser medianamente críptico, que, si Osamentas relampagueantes es una reflexión sobre, entre otras cosas, el problema de la realidad exterior, mi segunda novela, La oquedad de los Brocca, es una reflexión sobre el sujeto y su condición ética.

LGD: ¿Qué géneros literarios te interesan?
JC: La ciencia ficción, ciertos tipos de fantasía, la literatura experimental formal o conceptualmente.

LGD: En un mercado tan denso como el de los libros, ¿cómo promocionas tus trabajos?
JC: Hago lecturas en universidades o librerías.

LGD: Cuéntanos un poco de tu estilo narrativo. ¿Cómo lo defines?
JC: Es un estilo sincero, en la medida que la única manera de decir la verdad es a través de la mentira. El texto sabe que no es capaz de agotar la sustancia semiótica de la situación referente, y enuncia este hecho al mismo tiempo que enuncia la situación. Es una especie de distancia que acerca.

LGD: ¿Cómo te ha ido con los críticos?
JC: Nadie me ha vapuleado públicamente. Nadie ‘importante’ me ha promocionado, tampoco.

LGD: ¿Qué metas como escritor tienes?
JC: Enunciar la cosa misma...

LGD: ¿Mantienes comunicación con los lectores? ¿Te afecta lo que te dicen?
JC: Varios lectores me han contactado por Facebook para decirme lo mucho que les gustaron mis libros. Ninguno me ha insultado. No sé si sea bueno o malo.

LGD: ¿Qué pregunta te gustaría contestar que no te han hecho?
JC: ¿Tienes ambiciones filosóficas?
JC: La pregunta es ambigua. ¿La ambición filosófica es sobre la posibilidad de ‘ver las cosas como son’ o sobre el hecho de escribir filosofía? En ambas variantes la respuesta es afirmativa.



EL SALVADOR RECURRENTE de Augusto Monterroso

En la Selva se sabe, o debería saberse, que ha habido infinitos Cristos, antes y después de Cristo. Cada vez que uno muere nace inmed...