"VACACIONES OCHENTERAS"
Tema musical de aquellos días.
Parto de Buenos Aires con un tipo de nostalgia rara, difícil de expresar. Me afecta renunciar con la partida a la posibilidad de conocer “gente” (sustantivo muy amplio) interesante (adjetivo muy relativo) que está a la vuelta de la cuadra, en el café del barrio, en el taxi, en el bar, o aquella que comenzaba a conocer pero que por cuestiones de mi retorno se quedará reducida, por ahora, a la comunicación vía email. Incluso algo muy complicado de entender para algunos, me da nostalgia también dejar esta ciudad en sí por lo que representa, por lo que es, por lo que ofrece.
El siguiente paso en la ruta es Bogotá, lugar que me ilusiona mucho. Volver a Bogotá, otra vez… El destino de siempre, Bogotá: “Tu ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles” escribió Cavafis. Y me gusta incluso más el plan en el que voy, de vacaciones, de “vacaciones ochenteras”.
El tema de las “vacaciones ochentenas” se remonta a la época del colegio en Colombia cuando esperaba ansioso que llegara mitad de junio o diciembre. Era el comienzo y el clímax de la adolescencia. A mediados de año las vacaciones eran más cortas, quizá un mes, en cambio al final de año salíamos en la segunda semana de noviembre y volvíamos en la primera de febrero. Cuando se regresaba al colegio después de esa temporada las expectativas eran diferentes. A mitad de año uno volvía con la idea de que el año se acabara rápido o en su defecto acorralado por salvar o mantener las calificaciones de la primera parte. En febrero el ambiente era otro, comenzar un nuevo año académico y la pregunta de si uno iba a quedar con los mismos amigos del año anterior o si lo iban a cambiar de curso y tendría que indirectamente cambiar de amigos también. La idea de tener profesores diferentes, la ansiedad que provocaba que a uno le tocara el famoso “profesor cuchilla”, la ilusión con el nuevo campeonato de micro, o la simple y superficial idea de estrenar cuadernos. Durante las vacaciones dormía tarde y no hacía nada en especial, simplemente pasaban los días. Tal vez una ida a Melgar o a Giradot podría aparecer, pero no era frecuente, recuerdo un viaje a la Costa con parte de la familia cuando empezaba el bachillerato. A veces en las vacaciones de junio uno tenía que hacer tareas que le habían puesto o estudiar para salvar algunas materias, en mi caso todas aquellas que tuvieran que ver con números. Ahora, veintitantos años después y por el hecho de ser docente en una universidad extranjera cuento con las famosas vacaciones de verano que me hacen infinitamente feliz. Época para viajar, caminar, hablar, dormir tarde, leer, ver fútbol o simplemente perder el tiempo. En el verano el calendario pasa a un segundo plano, desde que estoy en esta condición nunca me preocupan las fechas o los nombres de los días… El martes puede ser perfectamente un domingo, a su vez el domingo puede ser un viernes; y así me acerco a la época de aquellas vacaciones en las que no me importaba el tiempo y el sol salía brillante en Bogotá; aquella del los partidos de fútbol en el colegio, la de la mirada furtiva a la vecina quinceañera o tal vez después al despertar de las minitekas en la desaparecida “Non Plus Ultra” en la Calle 73 con Avenida 15 o en la súper nombrada “Discovery” que colindaba con las oficinas de RCN radio; aquella en la que soltaban humo faltando treinta minutos para que se acabara la música. Todo lo anterior ahora visto desde una perspectiva idealizada pero válida.
Las imágenes son muchas y ahora recuerdo esas vacaciones del 87 en las que Cuco Valoy hizo un mini concierto gratis organizado por la emisora Olimpica Estereo en el parqueadero de Sears, ahora Galerías, y que terminó con desmanes y vandalismo. Pues bien, por ahora recuerdo esos tiempos y tendré los días para volver a pisar esas calles, esos lugares aunque algunos ya no estén, simplemente jugar a sentir esa energía que vivía cuando llegaban esas "vacaciones ochenteras".
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