RETRATOS Y EVOCACIONES DE UNA BOGOTÁ (4)

Tarde de jueves 16 de junio de 2011. La tradicional avenida 19, pleno centro de Bogotá. Empiezo a caminarla desde la avenida Caracas mirando los cerros. La avenida de los libros y los discos usados que conocí bien después de haber terminado el bachillerato. Entre la Caracas, la décima y alrededores es un territorio de miedo. Calles marginales, metederos, restaurantes baratos de “almuerzos ejecutivos” y ladrones en la vía. La 13 A, la calle de las enrejadas, mujeres gordas y caderonas de avanzada edad que ofrecen sus servicios al que pase por ahí, a nadie se le discrimina. Sigo caminando, paso la cuadra de las ópticas y llego a la séptima, el mercado de lo impensable. Un anciano se me acerca y me dice que me lee el tarot egipcio, una mujer en una olla vende chicharrones con arepa y un adolescente insiste en conseguirme la última versión de la camiseta de la Selección Colombia: “la que van a llevar a la Copa América de Argentina” me confirma. Sigo subiendo, un par de cigarrerías con licores y productos importados, vino chileno y argentino a 15.000 pesos, champaña “Peter Longo” a 14.500 (botella pequeña), jamón serrano, chorizo y sardinas españolas en la vitrina; "todo aquí es importado" me repiten. Llego a la estación de las Aguas, me ofrecen artesanías, bisutería rebajada, hay un rasta que canta y que me invita a observar su arte sin compromiso. Niños indígenas embera desplazados se revuelcan en el suelo y juegan con la tierra.
Los edificios de la Alianza Colombo Francesa y el Colombo Americano se miran, nuestro imaginario gringo y francés le da “estilo” a la carrera tercera, la gente se lo cree, más de uno juega a ser intelectual y se piensa estando en Paris o en Nueva York. Sigo hacia el Parque de los Periodistas, todo está abandonado, un anciano habla solo, varios perros callejeros duermen ante el sol que ilumina el prado sin cortar. Bajo por la avenida Jiménez, turistas rubios en bermudas piensan que están en la playa, unos con cámaras y otros con sombreros. A estos los van a robar fácilmente, pienso. Veo indigentes durmiendo en los tanques que construyeron sobre los andenes. Desde el cerro bajaba el río San Francisco, los tanques tenían antes agua y basura, ahora tienen basura y habitantes de la calle que descansan en ellos. Los tanques tienen forma de cama, buen uso les están dando. Dos cuadras más abajo, el comercio informal de la esmeralda. Ejecutivos de trajes oscuros, tinterillos, bogotanos de los de antes, esos a los que llaman rolos y que hablan todavía de los doctores Laureano Gómez o López Michelsen, ala. Pasan varios TransMilenios. Llegué al Parque Santander, feria del libro usado. Títulos a buen precio, me venden “Cronología de los descubrimientos” de Isaac Asimov a 30.000 pesitos. Ofrezco 15.000, me contestan que “no aguanta”. Se mete a terciar otro vendedor con acento costeño y dice que lo mínimo es 20.000 y que de ahí no se bajan. No ayuda mucho el vendedor sapo, me siento mal atendido y me voy a otro puesto. Descubro “El carnero” a 10.000 pesos en la edición “Joyas de la literatura colombiana”. Se aparece un gordo con gorra de Santa Fe en una moto y con un micrófono anuncia que vende avena y mazamorra dulce; yo no quiero ni avena ni mazamorra dulce; igual me cae bien el gordo y su gorra roja con un leoncito estampado. Sobre la Séptima hay mimos que imitan a todo el que pasa, no me meto por ahí. Sobre los escalones hay un karaoke criollo, nuestra globalización, se paga y se canta ante un televisor viejo. Un padre con su hija de unos 6 años canta una canción infantil de letra cursi, la niña no canta, grita, el padre la besa. Me ofrecen discos con los “clásicos de la salsa”. Retumba en un parlante Ricchie Ray con su “Jala-jala”. Un vendedor se las tira de salsero y se pone a bailar. Termino comprando un librito de cuentos de Chejov: “La dama del perrito y otros cuentos”. Me encuentro con un amigo que me invita a un “sándwich europeo” con Bretaña (por favor) en Casa Lis (Séptima con 17). El amigo se despide rápido y desaparece: “este centro es una mamera, que no me agarre la noche por acá”.
Sigo caminando, sorpresa: pasa Uribe acompañado de periodistas y guardaespaldas, la policía hace un “cordón de seguridad”. No me despego de la multitud, llego a la séptima con avenida 19, esquina en conflicto. Se aglomera la gente, tumulto y raponazo a la vista. Alguien asegura que el señor ex presidente viene del Capitolio del proceso que se le sigue por las “chuzadas” del DAS. Hay gente que lo alaba y le da las gracias (¿?): “Uribe, amigo, el pueblo está contigo”. Otros le gritan “asesino, asesino”, sin dudarlo me sumo a este grupo. “Aquí en cualquier momento estalla un bombazo y se bajan a este man”, dice pasito un espontáneo. Otro afirma con seguridad: “a este hombre se le debe mucho”. Yo le contesto con risita falsa: “sí, se le debe mucho…”. Continuó riéndome, se acabó el paseo, me subo presuroso en una buseta vetusta que dice “Castilla, avenida Boyacá”.
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