EL FESTÍN (II)

Fue al día siguiente cuando llegaron los policías de refuerzo. Llegaron en un camión gris, levantando polvo de la plaza. Aquellos nuevos policías resultaron más vivos. A bayoneta calada se abrieron paso y se cuadraron entre la gente y la casa-cuartel. Entonces el teniente o algo así que los mandaba se adelantó unos metros y le gritó a la gente que tenían diez minutos para retirarse. Pero la gente se hizo la sorda, se puso a rezongar y de vuelta se oyeron los madrazos de la policía, los saltos con los brazos levantados y las manos empuñadas; las caras se pusieron más rojas. A uno le daba risa (pero no estábamos a esas horas para risas) porque los insultos de la gente eran muy risibles. Fueron esos gritos los que calentaron al teniente o capitán y sobre todo que la gente le estaba tocando las barbas. Yo vi que aquel tenientico no era tan bravo como pintaba al principio. Le gritó a la gente que se iban a completar los diez minutos, que si no se iban los iba a echar a plomo, y la gente en lugar de recular venía para encima. Entonces el teniente no tuvo más remedio que gritar: “Disparen”, y los policías al principio como que no queriendo apretaron al gatillo.
Yo los vi caer. Las mujeres corrieron como pudieron y los niños también y los policías avanzaban agachados sin dejar de disparar y la plaza se iba llenando de muertos. Unos de aquí para allá por la plaza y otros estirándose en el polvo y sobre las hojas de tamarindo, de ceiba y de caracolí. Durante toda la noche los oí gritar a los que se estaban muriendo. Me partía el alma con toda la gente que estaba regada en la plaza: hombres, mujeres y muchachos empezando a vivir. Pero no tenía fuerzas para moverme, no me daban las corvas, me estaba entumeciendo de cuclillas… los policías terminaron con los heridos y persiguieron a los que habían corrido, rompiendo puertas y disparando sobre los animales, los pobres que nada tenían que ver. En esas estaban los policías cuando apareció el cura más rojo que de costumbre repartiendo bendiciones entre los caídos, sudoroso, moviéndose entre los muertos, tocándolos con algo y rezando en voz baja y luego lo vi levantarse y decirles algo a los policías y al teniente pero el teniente le dijo, yo lo oí y por eso se los digo, poco más o menos: “Usted cállese, padre, y lárguese a su iglesia”, y el cura se recogió las naguas para no enmugrárselas en la sangre y el polvo y, a largos pasos, se volvió a donde lo había mandado el teniente.
Los cuerpos llevaban varios días tirados en la plaza sobre el polvo y las hojas. Había cambiado el color de las manchas de sangre con el sol, los cadáveres se habían hinchado, se habían puesto pálidos y empezaban a oler. En eso, con la hediondez, llegaron los primeros gallinazos. Eran unos pocos nomás que revoloteaban elevados sobre el pueblo. Pero al rato empezaron a amontonarse más. Venían de todas partes: de San Juan de Picalá, de San Sebastián del río de las Piedras, de Ambalema y, poco a poco, fueron haciendo una nube negra que revoloteaba bajito, que ya casi se sentaba en los techos. Cayendo la tarde (cuando uno no sabe decir ya si es día o de noche; a la hora mala, como dicen), fueron bajando despaciosos, abriendo las alas, haciendo con el pico el ruido de un escupitajo y dejando correr las patas por los techos. Luego empezó el olor, el pavoroso olor a guala. Yo dije: “Ahora te acabaste de joder”. Y toda la noche fue de ese volar, ese caer y caer de gallinazos. “Se vinieron todos los gallinazos de la tierra”, pensé. Como no cabían en los árboles ni sobre los techos se estorbaban la vida ellos también.
Y a la mañana, un gallinazo viejo y grande, medio rucio ya de lo viejo, no del todo negro, con el pescuezo largo y colorado, bajó y anduvo entre los cuerpos y se paró encima de las barrigas hinchadas y refregó el pico en los cabellos y en las caras y cagó varias veces excremento blanco y por último se paró sobre un cadáver en el centro de la plaza y hundió el pico con todas las fuerzas, afirmándose con las zancas, echando el cuerpo para atrás y desgarrando la carne.
Cuando aquel primer gallinazo comió, estiró el pescuezo y miró a los otros. Entonces sí, como sobre aviso, los demás volaron sobre los cuerpos, la nube negra cayó y el pueblo fue todo aleteos, tirones y picotazos… Me entró pavor (ustedes saben que a Abelardo Cruz no le flaquean las corvas así nomás), y haciendo de tripas corazón empujé la puerta de la cárcel. Los gallinazos volaron asustados y me vieron desde los árboles y los techos atravesar la plaza trastabillando y coger el camino del río…
Entonces ellos cayeron de vuelta sobre los cadáveres. Nadie los iba a molestar ahora, porque nadie vivía en San Bernardo de los Vientos y los policías se habían largado hacía tiempos…
1966
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