CONTINUACIÓN (II) -PA QUE SE ACABE LA VAINA- DE W. OSPINA


Fragmentos para reflexionar (II) del libro: Pa que se acabe la vaina de W. Ospina
Editorial Planeta, 2012.

Páginas 51-120.

- Un indio que arañaba la tierra ajena alzó un día los ojos del surco y se preguntó por qué, si ya todos éramos iguales ante la ley, los blancos tenían derecho a la tierra de sus padres y los indios nunca. Allí desapareció el indiecito que arañaba la tierra y surgió Manuel Quintín Lame, el más grande luchador por los derechos de los indígenas que tuvo Colombia en tres siglos. (Página 57)

- Es falso que el sabor local, cuando es autentico y necesario para mostrar una realidad y transmitir unas emociones, sea obstáculo para el disfrute de la literatura. Don Quijote es muy castellano, Dante es muy florentino, Pushkin es muy ruso, y de ese arraigo derivan buena parte de su encanto. (Página 68)

- Barba Jacob y (Jorge Eliécer) Gaitán pertenecen al mismo mundo, a esas clases medias mestizas negadas por la casta, hijos de esos maestros, de esos decentes cultores del lenguaje que leían a Vargas Vila bajo las sábanas y soñaban con un tiempo donde por fin se rescataran antiguos reinos profanados, sabidurías borradas, estirpes deshonradas, la dignidad mancillada de un mundo. (Páginas 75-76)

- Hay que decir, como parte del memorial de agravios a la historia sombría del país, que buena parte de la literatura colombiana tuvo que escribirse en el exilio, y que si por fin en Colombia empezó a ser posible una vida literaria fue solo a partir del momento en que García Márquez obtuvo el Premio Nobel de Literatura. (Página 77)

- La elite colombiana no estaba en condiciones de construir un país coherente y digno. No solo porque el territorio era muy grande y muy diverso para que pudiera abarcarlo de verdad una interpretación tan estrecha y tan distante de sí mismo, sino porque el país era demasiado complejo para que pudiera representarlo de verdad solo una casta envanecida e ignorante. Pero esa casta estaba atrincherada en el poder de una doble tiranía: la tiranía eclesiástica, que anulaba las ideas y las cambiaba únicamente por el santo rosario, y la tiranía militar, que le prometía a toda insumisión el cepo, la tortura o soluciones aún más definitivas. (Página 77)

- Lo cierto es que hoy, un siglo después de la invención del automóvil, y más de cincuenta años después del momento en que Colombia abandonó el trazado de los ferrocarriles, la red de carreteras del país da lástima comparada con la de muchas naciones del continente. Los Estados Unidos, el país al que siempre miraron nuestros gobernantes, tiene cuatro millones de kilómetros de carreteras; Colombia, a comienzos del siglo XXI, tiene treinta mil kilómetros de vías de doble calzada. Su dirigencia, más buena para imitar que para estimular soluciones creadoras, prefiere fingir que profesa ciertas verdades y que acepta ciertas soluciones inventadas por otros, pero todo se le queda en planes, porque en realidad su interés por el territorio no llega más allá de donde los funcionarios tienen la finca, y su interés por hacer mejor la vida de la comunidad es apenas un simulacro para obtener votos y apaciguar ánimos impacientes. (Página 80)

- No es una mera anécdota: es un símbolo de cómo terminaron aquí muchas veces las luchas de los trabajadores. Y es significativo que fuera precisamente en los campamentos de la United Fruit Company donde se dio ese crimen, una abierta incursión del ejercito, instaurado como en todas partes para defender a la nación de sus posibles enemigos externos, y que aquí intervino para defender los intereses de una empresa norteamericana asesinando obreros colombianos. (Página 91)

- El más reciente de los métodos de gobierno para disminuir la pobreza no consiste ya en esfuerzos por crear empleo, por fortalecer la industria, por hacer crecer la agricultura, sino en el recurso ciertamente ofensivo para la inteligencia, pero también para la sensibilidad, de cambiar los sistemas de medición. Esto les permite sacar de la pobreza a millones de personas sin tener que hacer otro esfuerzo que jugar con las cifras, y luego exhibir esos malabares de oficina como triunfos reales de una política de cambio. (Página 92)

- A partir de 1986, los miembros pacifistas de la Unión Patriótica, el partido político que había sido fundado para que la guerrilla de las FARC se reintegrara a la sociedad, fueron asesinados por miles antes de que la guerrilla se desmovilizara. Sus verdugos los acusaban de ser guerrilleros, pero si fue posible exterminarlos a mansalva en las calles es porque eran ciudadanos inermes. (Páginas 94-95)

- Ya en los años veinte comenzaba a surgir en la vida publica del país un hombre tremendo. Enérgico, elocuente, inflexible, sombrío, lo más inquietante que hubo en Laureano Gómez fue que todos esos prejuicios que habían impedido por siglos que Colombia se reconociera en su territorio, dignificara a sus ciudadanos humildes, modernizara sus ideas, diera cabida a pensamientos y emociones distintas en el orden cultural, se manifestaron en él unidos a un gran magnetismo personal, a una gran fuerza oratoria, a un misterioso poder de influencia, y a un importante peso político ante los partidos y en el parlamento, que contribuyeron mucho a que Colombia se hundiera en una época de fanatismo militante, de sectarismo e intolerancia. (Página 104)

- Sus contemporáneos llamaban el Monstruo a este tribuno inapelable (Laureano Gómez), y aunque no fue él quien inventó en Colombia el racismo, el desprecio por el pueblo, la obsesión contra nuestra diversidad, durante mucho tiempo sí fue su principal representante. (Página 106)

- El proyecto de (Laureano) Gómez resume el espíritu que imperó en Colombia a lo largo del siglo XX: el poder de la Iglesia, la negación de la diversidad, la negativa a reconocerse en el territorio, la exaltación de la lógica de la conquista española, la glorificación del conquistador blanco sobre las supuestas razas inferiores, el encierro en un nacionalismo excluyente que discrimina a su propio pueblo e inviste de derechos solo a una elite privilegiada, el ejercicio del gobierno con espíritu de cruzada religiosa y racial. Varias veces en la historia, para esconder apetitos personales, o intereses de sectores empeñados en anular la diversidad del país, le fue ofrecido a Colombia ese coctel amargo de sangre y agua bendita. (Página 107-108)

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