SABER ELEGIR

Tristemente en Colombia cada cuatro años una minoría elige un presidente que resulta ser peor que los anteriores; claro que después del “uribato” de ocho años será difícil superar esa marca. Lo triste es observar como cíclicamente se repite la misma escena. Los que eligen, que no alcanzan a ser el cincuenta por ciento de la población en edad de votar, terminan cumpliendo la tradicional maldición de elegir mal, escoger al peor aspirante o a uno de los peores. La prueba se vivió hace unas semanas cuando los dos candidatos votados para ir a una segunda vuelta resultaron ser nuevamente las peores opciones para gobernar un país condenado a repetir sus tragedias. Hay que aclarar que entre esas nefastas alternativas una sin duda es mucho peor que la otra. Esa posibilidad fatal que muy probablemente ganará en las elecciones definitivas, traerá más corrupción, más guerra, más inequidad, más división, más injusticia, más regionalismo y miseria. Todo lo anterior que en época de campaña se disfraza y camufla bien en medio de la demagogia de las promesas y los pajaritos de oro. Pero una vez más, como tantas veces se ha vivido, el gobierno elegido, ese que prometía un mejor país para todos, se perderá en los laberintos de la desventura y la penuria, trayéndoles riqueza y bienestar a unos pocos y más de los mismo a las mayorías.

¿Y quiénes son los que votan y eligen repetir estos gobiernos aciagos? La respuesta tiene algo de esto: la desinformación, la manipulación, la ignorancia, las aspiraciones de unas capas medias arribistas que no conocen nada de la historia del país pero que sueñan con marcas extranjeras, aquellos que se dicen profesionales porque evidentemente ha pasado por una universidad pero jamás leen un libro, un periódico; muchos de esos profesionales que son analfabetas funcionales que no conocen la ortografía o la gramática; aquellos que discriminan a sus compatriotas por pobres, indígenas o negros porque ellos se creen supuestamente blancos y nacidos en un país europeo y católico. Claro, a todos los anteriores se les suma el pueblo sistemáticamente golpeado y explotado que termina dando su votico por un tamal o por la promesa de una carretera. Con el anterior panorama difícilmente llegará un mandatario digno que cambie este drama y dé un giro radical al destino de nuestra historia. Más que los elegidos, parece que el mal proviene de los electores. Mientras tanto la película la volveremos a observar con pequeñas variaciones, como en un cine rotativo; los protagonistas podrán cambiar pero el final será el mismo. Parafraseando a un intelectual local, hábil y habitualmente acertado en diagnosticar los males del país: lo de Colombia es hasta simpático si no fuera por tanto charco de sangre.

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