CHAPINERO Y SU MUTACIÓN


Leí hace poco un artículo en el periódico El Tiempo acerca de la desaparición de los teatros de cine de la zona de Chapinero en Bogotá. Todos estos escenarios cedieron su amplitud y comodidad al negocio de las salas “multi-plex” del presente. Chapinero sin duda es una de las áreas de mayor transformación de la ciudad. Parte de esos cambios están ligados a su fisonomía inestable. Por ejemplo, dentro de esta metamorfosis urbana surgieron cuadras que hoy por hoy están destinadas a whiskerias, moteles o “residencias” como se les llaman en Bogotá a los pequeños hoteles dedicados exclusivamente a alquilar piezas por horas o por noches a parejas. Las imponentes salas de cine de antaño regadas por la carrera 13, desaparecieron y en la actualidad son inmensas ferreterías, almacenes de ropa y zapatos, o son centros religiosos cristianos que se promocionan en radio y televisión. Algunas de estas iglesias contemporáneas tienen sus mismos formatos de antiguos teatros dedicados a sus cultos en Sao Paulo o en el Centro de Buenos Aires. Buena parte de estos cambios están unidos también a la rumba que si duda se democratizó y que brinda ahora un variado menú ofreciendo innumerables zonas de diversión nocturna tanto heterosexual como homosexual, éste último aspecto ilustrado ampliamente en la novela “Al diablo la maldita primavera” de Alonso Sánchez Baute. Chapinero, barrio de mi infancia, es una pequeña ciudad dentro de la ciudad y tiene zonas residenciales costosas y muy cotizadas como aquellas sobre el costado oriental de la carrera 7; y a la vez cuadras tradicionales, comerciales y mixtas recostadas en el ala occidental de la misma avenida. La mayoría de los cambios de Chapinero han sido positivos, una zona cada vez mas cultural y diversa en todos los sentidos que ahora está cruzada de norte a sur por una línea de TransMilenio. En cuanto a lo negativo, además de la decadencia social y económica que vive todo la nación, en donde cada vez son más marcadas las diferencias sociales y la pobreza parece avanzar sin control, está la perdida de todas estas salas de cine que dejaron una huella inolvidable entre todos los que nacimos en la década de los setenta e incluso en los ochenta. Entre esos teatros que no se nombran en el artículo del periódico y que quedaron en el olvido, pues ni siquiera en un texto periodístico que rememora el pasado de la ciudad se incluyen, están los teatros San Carlos, Imperio, Lucia o Roma entre otros. Todos ellos ofrecían los domingos además de las funciones de matiné, vespertina y noche, la función de matinal para niños con clásicos tan populares como “El Mago de Oz” y “Mary Poppins”.
En un curso de vacaciones que enseñé a un grupo de estudiantes universitarios en Bogotá durante el 2007, en su mayoría todos ellos nacidos a finales de los ochenta, ninguno tenía noción de los teatros que fueron iconos de la ciudad hace apenas 25 y 30 años. Esto me lleva a pensar que el colombiano promedio conoce poco de su pasado e historia, sufre en algunas casos de una amnesia constante y lee muy poco. Es por eso que muchas veces nos agarramos de lo foráneo para crear y afianzar un tipo de identidad ajena y postiza.
Y el tema daría para hablar mucho, para controvertir y reflexionar pero por ahora la idea queda suelta, tal vez invita a pensarla con mayor detenimiento.

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