LA SANTA FE
Cerré los ojos y vi que una noche salía raudo de mi clase de literatura despidiéndome con algo de desespero de todos los alumnos. Afanado por la hora llegué a mi apartamento y sin comer me senté frente al televisor a ver un partido de Independiente Santa Fe, uno de tantos. En el delirio de las imágenes, el sufrimiento era casi eterno, se comenzaba perdiendo, dos jugadores nuestros eran expulsados y una derrota más se veía venir. De repente, con el corazón en la mano, un Mago calvo nacido en Santiago del Estero y de nombre Omar Sebastián Pérez empataba el pleito con un golazo. Después, sobre el final nos pitaron un penal a favor que en otras oportunidades no lo hubieran hecho, y así terminamos ganando 2-1. Dentro del sueño entendí que íbamos a penales para definir un campeonato. Una vez más el viacrucis seguía, la tortura parecía no acabar, penales errados y siempre estábamos en desventaja rezando para que el rival se equivocara y tuviéramos la posibilidad de ganar… La fe no se acababa. Terminamos la serie empatados y nos fuimos a los de a uno, el que fallara perdía, cada vez este sueño era más incierto y tormentoso… Y de repente entre espasmos de asfixia, un corazón en taquicardia alcancé a ver que Mario Gómez estrellaba con rabia su lanzamiento contra la red rival y que a continuación Agustín Julio tapaba el cobro siguiente… Santa Fe era campeón, o mejor CAMPEÓN (en mayúsculas), el Campín estaba completamente rojo, una bandera gigante que cubría medio estadio brillaba y la multitud frenética saltaba y cantaba… Sonó el teléfono, era mi buen amigo Jaime Orrego, llamaba para felicitarme, después hubo otra serie de llamadas desde Bogotá con la misma intención de la primera. Abrí los ojos, no era una alucinación, no era una fantasía, era realidad.
Aquel miércoles 18 de noviembre taché de mi lista de sueños por cumplir uno que parecía estar entre los más difíciles de alcanzar. Después, respiré profundo, conté hasta diez, di las gracias al más allá y me dormí feliz sin quererme despertar.
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